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Placeres 2018

1.- Soltera, treintona y fantástica.- Juana Inés Deesa
2.- Los reyes malditos. La loba de Francia.- Maurice Druon
3.- El laberinto de los espíritus.- Carlos Ruiz Zafón
4.- Matemáticas para las Hadas.- F.G. Haghenbeck
5.- Las hijas de Eva y Lilith. Conoce y sana a todas las mujeres que hay en ti. Elisa Queijeiro
6.- El instante amarillo.- Bernardo Fernández
7.- Cuando te hablen de amor.- Mónica Lavín
8.- Cuentos frágiles. Por donde se sube al cielo.- Manuel Gutiérrez Nájera
9.- Carmilla.- Sheridan Le Fanu
10.- Cuentos de amor.- Junichiro Tanizaki
11.- Vida y Milagros de la Crónica en México.- Sara Sefchovich
12.- Diablo Guardían.- Xavier Velasco
13.- El cerebro de mi hermano.- Rafael Pérez Gay
14.- Los reyes malditos VII.- Maurice Druon
15.- Balacera.- Armando Alanís Pulido
16.- México bizarro.- Alejandro Rosas; Julio Patán
17.- Muchachos que no besan en la boca.- Luis Aguilar
18.- Después del invierno.- Guadalupe Nettel
19.- Nahui Olin.- Adriana Malvido
20.- El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince
21.- Sólo los inocentes.- Rachel Abbott
22.- Una sombra en el andén. Relatos fantásticos de gatos y trenes.- Sebastián Beringheli
23.- Aparición Forzada.- Ernesto Alcocer
21.- Una novela criminal.- Jorge Volpi
22.- El bosque de los prodigios.- René Avilés Fabila

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Me gustan los hombres de bigote.

He llegado a la conclusión de que me gustan los hombres de bigote. Creo que un buen mostacho tiene mucho qué ofrecer en una relación.
Hay bigotes anchos, otros delgados, pero todos hacen cosquillas al besar, segunda cosa que me encanta (los besos por supuesto).
Los bigotes niños apenas y despuntan, pero le dan cierto aire de madures al portador, los anchos y obscuros, me hacen pensar en un hombre serio, muy formal, los delgados me evocan, no se por qué, la imagen de un Don Juan empedernido, será porque Pedro Infante casi siempre portaba bigote escaso.
¿Pero qué es lo interesante de un bigote además del marco que le da al rostro del portador?
Como ya lo dije, de principio el beso, que se vuelve toda una experiencia erótica cuando va unido a un buen bigote, las sensaciones tan intensas que puede tener la piel cuando ese mismo bigote recorre con besos pequeños toda la anatomía, el sentir un suave rose en cualquier parte del cuerpo con esa escobetilla puede incluso ser el pase al cielo.
El big…

Carta apócrifa, que no espuria de Pedro Armendaris a Natalia la primera

Mi muy amada Natalita:

Discúlpeme lo tarde en que le doy respuesta a su último mensaje. No tengo una razón lo suficientemente de peso para no haberme aplicado a la tarea de darle respuesta pronta porque bien sabe que el saber de usted me mueve a querer correr a su lado y no nada más a dedicarle unas cuantas letras. También no le puedo mentir, me conoce hombre de ocupaciones absorbentes y el ser figura pública me hace desentenderme de mis otras actividades privadas que usted tan bien conoce. Pero me sabe ferviente admirador que soy de usted y de su persona y el tiempo se me hace eterno para poder sentarme y escribirle como usted se merece, con el corazón en la mano.

Porque de todos los habitantes del planeta sólo usted Natalita me conoce en el fondo y sabe de mis quebrantos, de este aferrarme a querer ocultar lo emocional que a veces me torno y que el personaje dista mucho del hombre sensible que soy en realidad.

Y así como me oculto sensible, también tengo que ocultar este amor tan in…

¿Jugamos a las muñecas?

Desde niña me gustaron las muñecas. No se qué extraña sensación protectora despertaban en mi que me hacían sentir la dueña de la situación y la que ponía las reglas cuando con ellas jugaba a la casita, a tomar el té o a bañarlas y cambiarlas. Las muñecas siempre fueron mi pasión y mi padre la alentaba regalándome una diferente, la más moderna, la más sofisticada o la más antigua en cada uno de mis cumpleaños hasta que llegué a los diez.
A partir de ese año, ni las muñecas nuevas ni mi padre volvieron a aparecer en mi vida porque decidió dejarnos.
A raíz de eso mi madre se volvió visible porque antes sólo era la que mantenía la casa limpia, la que me bañaba y arropaba por las noches y la que siempre estaba ahí como testigo silencioso de mis juegos. Nunca abrió la boca para decirme si me quería o no.
Del silencio pasó al abandono. Comenzó con un trago a media tarde para poder relajarse y conciliar el suelo, después uno en las mañanas para afrontar el duro trabajo de costurera que había ten…