Y retumba en su centro la tierra

Confieso que he pecado pero sin arrepentimiento, con esas ganas que da la perversión de lo prohibido y que ponen en el rostro esa sonrisa de satisfacción culposa que nos lleva del cielo literal al infierno candente, donde despojados de prejuicios y ropajes absurdos las almas se hermanan y se llevan al hastío incansable.
Y lo confieso porque he de ser franca, ya no puedo seguir guardando este secreto que se me escapa por los ojos, por la piel, por el andar felino que ya se descubre desde que aparezco y arranca el consabido ¡Qué tienes que te ves radiante!
Y eres tú, con esa sonrisa angelical el que ha logrado esta metamorfosis inversa y me sacaste de mi condición de oruga verdosa insignificante y me convertiste en mariposa radiante multicolor.
Si el amor pudiera definirse, se llamaría charla, hermandad, descubrimiento, sorpresa, complicidad, adivinación, porque todo eso mueves dentro de mi ser y mente y así como me llevas a las inmensidades de los pensamientos profundos y contundentes, también me arrebatas la razón y me llevas al reino de la obscuridad total, en donde se desarticulan las palabras y la razón se vuelve estúpida y sólo son tus ojos los que me sostienen con esa mirada burlona en donde confirmas que sigues siendo tú el que manda, el que instruye, el que enseña, el que tiene la última palabra y la razón absoluta.
Sí, confieso que te quiero, que me has robado cientos de suspiros, inmensidad de noches de desvelo, días y días distraída pensando en cómo te podré decir ¡cuánto te quiero!
Lo confieso porque no lo sabes, porque todo ha sido un sueño, porque el día que pueda verte así a los ojos, ese día, juro que muero.

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