Pelucas y peluquines

El hombre del peluquín camina encorvado mostrando su decrepitud. La gente se apiada de él porque ya vivió mejores tiempos, no él, su peluca.

Es un añadido calvo, por el que se asoman sin pudor las rejillas de esa malla en donde se entretejían en otros tiempos los cabellos recién comprados de ese pasado que era presente.
Pero sus ojos no son tristes ni su andar cansado, encorvado sí, pero jamás viejo.

Los pasos firmes sólo son lentos y el pelo escaso se entreteje con su cabello ya casi inexistente que como fraile se ensortija sólo en esa areola de cabello ensortijado que se mezcla con los pocos postizos que cuelgan de la calva peluca.

La sonrisa que porta con orgullo, contrasta con ese aditamento con el que quiere aparentar ayeres, su sonrisa es presente y constante, provocada por el simple caminar y observar.

Hombre sin pasado, lleno de vanidades que nadie entiende, porta su doble calva divertido y la llenan los huecos enmallados de historias de redes que se entretejen dentro y fuera de esa cabeza sin atractivo.

El hombre de la peluca calva, sonríe descarado en la cara de quienes le observan porque a él, no le da pena usar un peluquín, ni le ha dado pena usarlo durante toda su vida.

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