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Día de fiesta

Llegué todavía con el polvo en los zapatos. Las calles adornadas de papel de china, los chiquillos limpios con sus ropas nuevas, las mujeres casaderas con esa sonrisa de esperanza al saber que ese día, sería su día de conquista.

La alegría me invadió, el cansancio simplemente desapareció del cuerpo y con paso rápido casi corrí al hogar.

Abrí la puerta y el silencio me recibió con los brazos abiertos. Nuestra sala, nuestro comedor, nuestra recámara, todo intacto como aquél día.

Grité su nombre y me dolió el pecho. Lo busqué en todos aquellos rincones de la casa en donde la pasión nos sorprendió desprevenidos. Miré debajo de las camas por si aquella fobia de sentirse sorprendido seguía persiguiéndole.

Dejé la valija en la cama y soportando ese viejo rechinido que tantos recuerdos me traía, me senté a pensar.

Y ahora, ¿qué hacer? Yo con tantas ganas de soprenderlo y el nuevamente me sorprendía.

La puerta se abrió de repente y un par de risas desenfrenadas llenaron la casa.

Corrí espantada a esconderme debajo de la cama, él levantó a la chica en brazos y sobre mi, la tumbó para poseerla. Cama de por medio.

Ahí descubrí su secreto.

Marcados en las maderas de la base de la cama, se encontraban cientos de nombres de mujeres, todas sus amantes, todas sus conquistas, todas con las que había fornicado. Todas aquellas que como yo, un día de fiesta, habían querido sorprenderlo y tumbadas bajo la vieja cama, terminaban dolorosamente sorprendidas.

Sin hacer ruido, muy despacito, urgó en su bolsa buscando un objeto puntiagudo, e igual que las otras, con una caligrafía hermosa, se dispuso a tatuar su nombre debajo de aquella cama.

La otra, la de arriba, gritaba y suspiraba con cada nueva arremetida.

Muy pronto, esa otra sería ella.

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