Para una primera vez

La vos lenta del blues triste suena de fondo. Tus manos inexpertas recorren su espalda sin saber qué hacer con tanta dulzura, tanta ternura.

Le dices que nunca había sido así, que las entregas anteriores con las mujeres anteriores sólo te salían de las ganas de inundarlas y saciar tus desahogos, vaciarte, consolar la falta de amor que sentías por ellas.

Pero ahora es distinto porque tienes entre tus brazos a la mujer amada, a aquella que te ha desvelado por años, a quien idealizas sin tenerla y acaricias sin tocarla y penetras en sueños.

Ahora la tienes aquí, toda tuya dispuesta a mostrarte un mundo que no conocías, el del amor y la ternura, no el del sexo sofocante.

Tiemblas, la música sigue y tu tiemblas y no sabes si es de miedo o de deseo o de ternura. Pero el sofoco inunda tu calor y el sexo erecto reclama la conquista y no puedes reprimir tu instinto.

-¡Mamacita, estás bien buena!

¿Y qué más puedes decir? Si así aprendiste a entregarte y reclamar la entrega, a poseer y tomar abruptamente a la que en turno se entregaba.

Ella te mira entre divertida y apenada por tu falta de romance. Con besos te cubre la boca y te pide quedamente –No digas nada.

Te vuelves loco, la aprisionas en un abrazo cálido pero rudo, entregado pero áspero y sin miramientos la despojas de las ropas con tosquedad, con premura, con deseo salvaje.

Has roto el encanto, ella lo sabe y con un suspiro no de pasión, sino de conformidad se tumba en la cama y te espera pasiva.

Rompiste el encanto. Ella dispuesta a amarte con la misma intensidad con la que tu la amas y tu, que no sabes más que arrebatar sin ternura, rompes ese vínculo que en breve iba a unirlos.

Tu la amas hasta el salvajismo. Ella, ella quiso amarte con ternura, pero te impusiste y ahora sólo te desea con locura.

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