Lady

No soy una dama y nunca he pretendido serlo. Mis ropas son sencillas tirando a la comodidad. Mis modales relajados no impresionan por lo sofisticados. Este caminar seguro no se torna para nada altivo pero no por ello miro al piso dudando.

No quiero ser inútil, mis dones son muchos. Capaz y pensante, cuestionadora incansable. Expreso mis ideas y cuando es necesario, me repliego en estos pensamientos que nada tienen de social y mucho menos de glamorosos.

Lo mío no es el labial de moda, el corsé apretado, la media perfecta y los zapatos a la moda.

No voy desenvuelta por la vida pensando que todo lo merezco o que nadie me merece, por el contrario, camino observando y criticando férreamente al que a empujones se impone y aplaudiendo los actos que me asombran y son asombrosas las personas que saben que no soy una dama.

No sé qué es comportarse como una dama. No creo necesitarlo. Porque así transcurro la vida sin sobresaltos o sacrificios porque “la belleza cuesta”, “si quieres algo que valga la pena tienes que ser alguien que valga la pena”, ¿y no soy bella, y no valgo?

Mi valor está en otro lado, no en la cultura de la inutilidad y la sofisticación. Y habrá quien si quiera utilizar esa etiqueta y la disfrute y crea que ha conseguido todo lo que se merece porque es UNA DAMA.

Lo siento, no lo acepto, no me comprometo a aparentar la perfección siendo un ser completamente imperfecto pero absolutamente libre.

No soy una dama, lo siento, por eso, yo no quiero a mi lado un caballero.

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