Siempre es una cuestión de amor

Esto de las relaciones es algo altamente complicado, pero nuestro romance fue un amor a primera vista, de esos fulminantes.
Yo nunca he sido lo que se podría llamar un ser ¿hermoso? ¿Qué macho se precia de serlo? Incluso dicen por ahí que mientras más feo más formal, y yo de formalidades se mucho.
Pero mis ojos saltones no la espantaron y en cuanto me miró se prendó de mí, lo distinguí en su mirada radiante, en la sonrisa perfecta, en sus caricias disimuladas.

Nos enamoramos y sin pensarlo un instante nos fuimos a vivir juntos.

No me puedo quejar, ha sido la mujer más entregada que he conocido. Me tenía la casa impecable, mis comidas a tiempo, muchos mimos y por supuesto el baile nos encantaba. Ella me hacía girar y yo me divertía divirtiéndola.

No éramos de esas parejas atosigantes que necesitan hacer todo juntos. Eso era lo que más me gustaba de ella, que respetaba mi espacio y yo la respetaba a ella y no me interesaba no verla durante el día.

Pero las noches eran mágicas. Nada más cruzar la puerta y nos convertíamos en uno nada más mirarnos a los ojos. A veces me contaba sus cosas y yo simplemente la observaba, otras nada más me contemplaba pero yo sabía perfectamente que en esa contemplación ella encontraba la paz buscada.

En fin, que nuestra felicidad era mucha pero como siempre pasa en estos estados, nada dura para siempre.

Un día me di cuenta que su mirada era diferente y en algún momento incluso me rehuía. Sus largas conversaciones telefónicas activaron mis señales de alarma pero qué hacer cuando se tiene depositada en la otra toda la confianza e incluso la vida misma.

Un día de tantos no llegó a dormir. Yo esperé despierto toda la noche, angustiado primero, enojado después, agotado al despuntar el día. Cuando cruzó la puerta no pudo ni mirarme a los ojos, corrió al dormitorio, se cambió de ropa y salió disparada a trabajar.

La casa se volvió descuidada, la comida dejó de ser abundante y no es queja, pero hubo a partir de ese momento muchos días en que incluso me dejó sin comer.

Yo no pude resistirlo mucho tiempo y por fin, la inanición abandonó mis fuerzas y partí de su lado sin más explicaciones.


Luisa había compensado su soledad adquiriendo un hermoso pes dorado de enormes ojos como mascota. Cuando apareció Armando en su vida, pes y tranquilidad se fueron por la borda. Se entregó a la pasión de tal manera que se olvidó no nada más de si misma, también de su pequeño pes dorado.
Cuando la relación con Armando terminó, llegó a casa y encontró a su pequeño pececito flotando en la pecera. Lloró inconsolablemente por la pérdida.

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