Marte y venus

Hace mucho tiempo que no sentía estas ganas tan poderosas de coger con una mujer.

Y no es que no sintiera ganas, ¿me explico? Porque quién se resiste ante un buen par de tetas que pasan en ese momento por la calle ¡Quién puede!
O una piernas bien torneadas que distraídamente se suben a una banqueta dejando al descubierto un infinito que se antoja penetrable.
O unas nalgas amasables que con un corazón perfectamente diseñado invitan a la cabalgata.
¡Ah, cuántas veces a lo largo del día observo y sueño con las mujeres deseables que se cruzan en mi camino!

Pero unas ganas tan intensas como las que he sentido por ésta, la necesidad de acercarme y sonreírle, de descubrir el tono de su voz haciéndole una pregunta absurda, de distraídamente rosar sus senos y después de la intrepidez darme cuenta que le gusta y le gusto y que habiendo derribado la muralla del anonimato, preguntarle su nombre, teléfono, ocupación, no sé, simplemente saber quién es ella. Invitarla a cenar y terminar cabalgando esas caderas invitantes y vivir una aventura de más de un día.

Comienzo a sospechar tristemente que me he enamorado.

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