Cuando no se puede dejar a alguien

Madreada y mancillada se arrastró como pudo al baño a vomitar la poca dignidad que le quedaba.
¿Dónde se perdió? ¿En qué momento dejó de pensar en ella para terminar entregándose; o para decirlo con verdad, rogándole que la amara?

Ya hacía tiempo que en cada encuentro descubría en él el hastío, en ella el fingimiento y en esa cama que antes era sagrada, una conjunción de puterías y sadismo, de cuerpos sin sentido y entrega sin significado.

Regresó a la cama con el estómago vacío y el cuerpo sin alma. Se recostó a su lado y sintió el frío que se colaba no por la sábana minúscula que antes tan perfectamente compartían y que ahora a tirones y jalones se arrebataban, sino que salía del cuerpo indiferente de él, de su propio cuerpo y de tantas ganas que tenían ambos de salir huyendo de ese fingimiento.

Ella, fuerte y resistente como siempre simuló dormir y él, cínico e indiferente de verdad durmió a pierna suelta sin importarle nada.


Sólo después de un breve sueño que pareció realidad, ella despertó saboreando unas lágrimas chiquitas que le salieron de la pesadilla. Había amado demasiado y ahora ya no le quedaba nada, ni siquiera poder llorar despierta, por eso lo hacía casi dormida.

Comentarios

Xocas ha dicho que…
No sé si es la esperanza la que nos suele obligar a estos sacrificios tan vanos... No vale la pena, pero una cosa es decirlo y otra vivirlo, claro...

Me encanta esta profunda sencillez tuya, aunque seguro que ya lo he dicho antes... Es igual. Es un placer leerte, querida Nata.

Un beso.

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