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Señor X

Hola
sonrisas
abrazos
miradas

Besos
caricias
pasión
desnudes

Tú barba
mi espalda
mi vientre
tu boca

Suspiros
espasmos
asfixia
la nada

Descanso
plática
pasado
recuerdos

Conteo
tus verrugas
mis lunares
nuestros años

Tus ojos
mi espacio
mis senos
tus manos

Pasión
desenfreno
conjunción
torbellino

Mis ojos
tu tristeza
tus versos
mi alegría

Tu boca
mi boca
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mi pecho
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mi vientre
tu infinito
mi morada
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explosión
muerte
resurrección

Descanso
silencio
arropo
sueño

Una vez
una más
díez sin sentido
cien con hastió

Televisión
música
poesía
historia

El alba
nosotros
tu
yo

Ducha
disfraz
salida
adiós.

Comentarios

elisa...lichazul ha dicho que…
nada retenemos, solo un recuerdo que se diluye en el polvo de los años

hoy ando de spam :)P
MIL FELICIDADES
MIL BENDICIONES
que la belleza y la magia de la poesía siga manando fecunda en tu pluma preciosa, son mis deseos para el 2011

besitos de luz

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Me gustan los hombres de bigote.

He llegado a la conclusión de que me gustan los hombres de bigote. Creo que un buen mostacho tiene mucho qué ofrecer en una relación.
Hay bigotes anchos, otros delgados, pero todos hacen cosquillas al besar, segunda cosa que me encanta (los besos por supuesto).
Los bigotes niños apenas y despuntan, pero le dan cierto aire de madures al portador, los anchos y obscuros, me hacen pensar en un hombre serio, muy formal, los delgados me evocan, no se por qué, la imagen de un Don Juan empedernido, será porque Pedro Infante casi siempre portaba bigote escaso.
¿Pero qué es lo interesante de un bigote además del marco que le da al rostro del portador?
Como ya lo dije, de principio el beso, que se vuelve toda una experiencia erótica cuando va unido a un buen bigote, las sensaciones tan intensas que puede tener la piel cuando ese mismo bigote recorre con besos pequeños toda la anatomía, el sentir un suave rose en cualquier parte del cuerpo con esa escobetilla puede incluso ser el pase al cielo.
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Carta apócrifa, que no espuria de Pedro Armendaris a Natalia la primera

Mi muy amada Natalita:

Discúlpeme lo tarde en que le doy respuesta a su último mensaje. No tengo una razón lo suficientemente de peso para no haberme aplicado a la tarea de darle respuesta pronta porque bien sabe que el saber de usted me mueve a querer correr a su lado y no nada más a dedicarle unas cuantas letras. También no le puedo mentir, me conoce hombre de ocupaciones absorbentes y el ser figura pública me hace desentenderme de mis otras actividades privadas que usted tan bien conoce. Pero me sabe ferviente admirador que soy de usted y de su persona y el tiempo se me hace eterno para poder sentarme y escribirle como usted se merece, con el corazón en la mano.

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¿Jugamos a las muñecas?

Desde niña me gustaron las muñecas. No se qué extraña sensación protectora despertaban en mi que me hacían sentir la dueña de la situación y la que ponía las reglas cuando con ellas jugaba a la casita, a tomar el té o a bañarlas y cambiarlas. Las muñecas siempre fueron mi pasión y mi padre la alentaba regalándome una diferente, la más moderna, la más sofisticada o la más antigua en cada uno de mis cumpleaños hasta que llegué a los diez.
A partir de ese año, ni las muñecas nuevas ni mi padre volvieron a aparecer en mi vida porque decidió dejarnos.
A raíz de eso mi madre se volvió visible porque antes sólo era la que mantenía la casa limpia, la que me bañaba y arropaba por las noches y la que siempre estaba ahí como testigo silencioso de mis juegos. Nunca abrió la boca para decirme si me quería o no.
Del silencio pasó al abandono. Comenzó con un trago a media tarde para poder relajarse y conciliar el suelo, después uno en las mañanas para afrontar el duro trabajo de costurera que había ten…