Añoranza

Ese día se levantó sonriente, sabía que el proceso se había iniciado y que por fin sería ella misma. Ya no tendría que verse al espejo con miedo porque por fin la imagen sería la verdadera y no la que hasta ese día se había ocultado bajo esa piel, bajo ese color que no era el de ella.
Se levantó de un salto y corrió a mirarse. La sorpresa, el desencanto, la frustración de no haberse metamorfoseado y seguir siendo esa que la miraba en la imagen y no la que soñaba ser la dejaron sin habla.
¿Por qué a ella? Se sabía de otro color, se sentía de otro color. Las humillaciones, los reclamos de la familia por no aceptar su destino, por no percibirse como los que la rodeaban.
¿Cómo quería ser diferente si en la familia no había ninguna línea que la acercara a esa realidad que añoraba?
Maldijo a los orishás, renegó de Yemanjá, pensó que ese pequeño punto que se había descubierto en la piel era el comienzo de su cambio, de la salida de la verdadera ella, pero no, sólo era un lunar nuevo, sus caderas siguieron siendo esmirriadas, sus ojos, claros como el agua, la cabellera lisa y dorada y los labios se mantenían finos y delicados. Sólo dentro de ella seguía escuchando el retuntumbar de su corazón, sólo en su interior se descubría tan negra como siempre había querido ser.

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